Desde las sombras de la historia norteamericana emerge un patrón de fatalidad tan preciso y persistente que desafía toda explicación racional: la Maldición de Tecumseh. Durante más de un siglo, desde 1840 hasta 1960, una macabra sentencia pareció colgarse del cuello de cada presidente de los Estados Unidos elegido en un año terminado en cero. Una aparente profecía vengativa, nacida del dolor de un pueblo desplazado, que prometía que todos los «Grandes Jefes» elegidos cada veinte años morirían en el cargo. La pregunta perdura, inquietante: ¿Somos testigos de una de las mayores coincidencias estadísticas de la historia moderna o existe, encerrada en ese ciclo de dos décadas, una lógica oculta y siniestra?

El Origen: Una Venganza en Tippecanoe
Para entender la maldición, hay que viajar a 1811, a las orillas del río Tippecanoe. William Henry Harrison, entonces gobernador del Territorio de Indiana, lideró una fuerza militar contra una confederación de tribus nativas americanas, liderada por el visionario líder Shawnee, Tecumseh, y su hermano, el chamán Tenskwatawa, conocido como «El Profeta». Aunque Tecumseh no estaba presente, la batalla fue una derrota decisiva para la resistencia nativa, desbaratando su sueño de una alianza poderosa y sellando el destino de su pueblo.
La leyenda cuenta que, tras esta derrota y la muerte posterior de Tecumseh en la Guerra de 1812, el resentimiento se transformó en una profecía. Años más tarde, en 1836, se relata que Tenskwatawa, mientras posaba para un retrato, pronunció la fatídica sentencia. Cuando alguien mencionó que ningún presidente había muerto en el cargo, él replicó: «Harrison morirá. Y después de él, todo Gran Jefe elegido cada 20 años desde entonces morirá, y cuando cada uno muera, que todos recuerden la muerte de nuestro pueblo».
Harrison fue elegido presidente en 1840. Tras pronunciar el discurso inaugural más largo de la historia en un día gélido y lluvioso sin abrigo, contrajo una neumonía y murió exactamente un mes después de tomar posesión. El primero había caído. La maldición, si es que alguna vez fue solo un mito, comenzó a tejer su tela de fatalidad con una precisión aterradora.

El Reloj Implacable: Los Siete Presidentes del «Año Cero»
Lo que transforma una leyenda en un misterio irresoluble son los datos fríos e innegables. La secuencia es tan perfecta que parece diseñada por una mente maestra.
Siete presidentes. Siete elecciones en años que terminan en cero. Siete muertes en el cargo, cuatro de ellas por asesinato. El patrón es tan llamativo que el libro Ripley’s ¡Aunque usted no lo crea! lo destacó ya en 1931, y la prensa lo mencionó como un «presagio escalofriante» antes de las elecciones de 1940 y 1960, previas a las muertes de Roosevelt y Kennedy. La estadística, por sí sola, es abrumadora. Parece existir un mecanismo de relojería histórica que, cada dos décadas, pone en jaque la vida del hombre más poderoso del mundo.

La Maldición se Rompe (o ¿Se Transforma?): La Era Moderna y las Excepciones Incómodas
El hechizo, sin embargo, parece haberse disipado o, al menos, haber perdido su letalidad. Con Ronald Reagan, elegido en 1980, la maldición intentó su último gran golpe. El 30 de marzo de 1981, John Hinckley Jr. le disparó a quemarropa. La bala se alojó a menos de una pulgada de su corazón, pero una atención médica rápida y moderna lo salvó. Curiosamente, circulan relatos de que la primera dama, Nancy Reagan, conocida por sus consultas con astrólogos, habría tomado medidas «esotéricas» para proteger a su marido del influjo de la maldición.
George W. Bush (elegido en 2000) también enfrentó un atentado con una granada en 2005 que no explotó. Joe Biden, elegido en 2020, completó su mandato sin incidentes mortales. La maldición, en su forma original, parece definitivamente rota.
Pero aquí es donde el análisis escéptico, y la verdadera investigación, ponen en duda toda la narrativa. Porque la historia oficial de la Maldición de Tippecanoe es, ante todo, un ejercicio magistral de «cherry picking» (selección sesgada de datos). Se eligen cuidadosamente los casos que encajan y se ignoran sistemáticamente los que no.
La excepción más evidente es Zachary Taylor. Elegido en 1848 (no en un año cero), murió en 1850 de una gastroenteritis aguda. Su muerte rompe el ciclo de los 20 años, pero al ocurrir en un año «cero», a menudo se usa torticeramente para alimentar el misterio en lugar de desmontarlo. Además, de los 46 presidentes que han servido, 8 han muerto en el cargo. Los siete del ciclo cero son mayoría, pero ¿es suficiente para hablar de una maldición sobrenatural? ¿O simplemente refleja que, en un puesto de tanto estrés y exposición, el riesgo existe siempre?
El mito también se nutre de ignorar a los presidentes que sufrieron intentos de asesinato fuera del ciclo: Andrew Jackson (1835), Harry S. Truman (1950), Gerald Ford (dos veces en 1975), e incluso Donald Trump (2024). La violencia política en EE.UU. es, tristemente, un fenómeno constante, no cíclico.

Conclusión: Entre el Patrón Inquietante y la Necesidad de un Mito
Entonces, ¿coincidencia o patrón? La explicación más sólida es la primera, pero matizada. El «efecto Tecumseh» es probablemente una potente combinación de sesgo de confirmación y azar estadístico. En un universo de datos (presidentes, años, causas de muerte), es probable que alguna correlación aparentemente significativa emerja por puro azar. Una vez identificada, la cultura popular y la prensa la alimentan, recordándola cada veinte años y olvidando cualquier dato que la contradiga.
Sin embargo, negar por completo la inquietud que genera sería insincero. La secuencia 1840-1960 es demasiado limpia, demasiado dramática. No explica por qué todos los presidentes asesinados (Lincoln, Garfield, McKinley, Kennedy) estaban dentro del ciclo cero. Quizás la verdadera maldición no sea sobrenatural, sino social: un reflejo de los periodos de máxima tensión nacional y división política que suelen coincidir con esos años, creando un caldo de cultivo para la violencia extrema.
La Maldición de Tecumseh es, en última instancia, un espejo. Refleja el remordimiento histórico por el trato a los pueblos nativos, la fascinación humana por encontrar orden en el caos y el miedo ancestral al poder de una profecía. Es un mito construido con medias verdades, pero su poder reside precisamente en esa grieta entre la leyenda y la historia, donde la duda siempre puede plantar su semilla. La próxima cita con el «año cero» será 2040. Solo entonces, cuando el reloj histórico marque de nuevo esa hora, sabremos si la maldición fue solo un cuento… o si, en algún lugar, el espíritu de Tenskwatawa aún espera su turno.






















