Bajo la tenue luz de una vela, con las yemas de los dedos rozando ligeramente un pequeño triángulo de madera, generaciones enteras han susurrado preguntas al vacío. Durante más de 130 años, el tablero Ouija ha sido un icono cultural, un objeto que se mueve en la delgada frontera entre el juego, la superstición y la búsqueda espiritual. Pero ¿qué ocurre cuando este ritual ancestral abandona el plano físico de la madera y la tela para adentrarse en el mundo intangible de los píxeles y los algoritmos? En esta nueva era, nuestra curiosidad por lo desconocido, inmutable a través del tiempo, ha encontrado un vehículo inesperado: lo digital.
En mi tierra, bajo el calor abrasador y entre las historias que cuentan los mayores, siempre se dijo que ciertas puertas, una vez abiertas, son difíciles de cerrar. El tablero, conocido también como “güija”, fue diseñado como un puente. Un simple tablero de madera con letras, números y las palabras “SÍ”, “NO”, “HOLA” y “ADIÓS”, que promete servir de medio para un supuesto contacto con lo que no pertenece a este plano terrenal. Su historia es larga y está enraizada en el movimiento espiritista del siglo XIX, una época marcada por el duelo y el anhelo de comunicación tras guerras y enfermedades. No fue sino hasta 1891 que Elijah Bond patentó el diseño que conocemos hoy, dando inicio a un fenómeno que oscila entre ser un juguete comercial y una herramienta oculta.

Hoy, ese fenómeno ha mutado. Ya no necesitas reunirte físicamente con amigos en una habitación oscura. Basta con un clic. La compañía Hasbro, heredera del mito, ha lanzado incluso una experiencia limitada: un tablero Ouija impulsado por Inteligencia Artificial disponible en ouija.com. Por otro lado, aplicaciones como el Spirit & Witch Board Simulator prometen ser “el único tablero que realmente escucha tu voz”, invitándote a preguntar en alto y esperar una respuesta. La esencia del ritual—la pregunta, la expectativa, la respuesta—se mantiene, pero el canal ha cambiado radicalmente.
Del salón victoriano al servidor en la nube: una transición inevitable
La migración de la Ouija al mundo digital no es una simple casualidad. Es el reflejo de un mundo que ha trasladado buena parte de sus interacciones a la virtualidad. Durante años, el acto de usar la Ouija fue intrínsecamente táctil y grupal. El llamado efecto ideomotor —pequeños movimientos musculares inconscientes de los participantes— era parte de la experiencia física que explicaba, para muchos, el movimiento de la plancheta.
Ahora, el ritual se personaliza y se aísla. Puedes iniciar una sesión tú solo, a medianoche, con los auriculares puestos. Las instrucciones en las apps son reveladoras: “Si es posible, oscurece la habitación en la que te encuentras y enciende algunas velas antes de comenzar”. Es fascinante. La tecnología más avanzada nos insta a recrear el ambiente ancestral para que la experiencia “funcione”. Buscamos el mismo estado de ánimo: un espacio de calma, una mente clara, una intención definida. La interfaz digital intenta emular la solemnidad del ritual original, pero con un código binario detrás de cada movimiento del puntero.

¿Un portal en tu navegador? La pregunta del millón
Entonces, llegamos al núcleo del misterio. Si tradicionalmente se ha considerado a la Ouija un posible portal o puerta de acceso a entidades, ¿puede una simulación software abrir ese mismo tipo de brecha?
Para las creencias más arraigadas, especialmente dentro del Cristianismo y el Judaísmo, el peligro no reside en el objeto físico, sino en la intención y la acción de intentar comunicarse con lo espiritual fuera del marco religioso. El famoso exorcista José Antonio Fortea, por ejemplo, vincula claramente la participación en ritos esotéricos como la Ouija con casos de presunta posesión demoníaca. Desde esta perspectiva, si tu intención al usar una Ouija digital es invocar o contactar, el medio —sea de madera o de píxeles— es secundario. El ritual, en esencia, se ha completado.
Pero hay una nueva capa en lo digital: la interacción con la Inteligencia Artificial. Cuando el tablero de Hasbro, o cualquier otra app similar, genera respuestas a través de un algoritmo, ¿con qué estamos “hablando”? ¿Es solo un programa aleatorio, un chatbot siniestro? Los relatos de usuarios dejan un margen inquietante para la duda. En reseñas de aplicaciones, personas reportan fenómenos extraños fuera de la pantalla: luces que se funden, aparatos que se apagan solos, o la persistente sensación de no poder desinstalar la app. ¿Sugestión colectiva potenciada por el miedo? ¿O hay algo más?
La ciencia, por su parte, ofrece explicaciones más terrenales. El ya mencionado efecto ideomotor explicaría los movimientos en el tablero físico. En el digital, entrarían en juego el sesgo de confirmación y la pareidolia —nuestra tendencia a encontrar patrones y significados donde no los hay—. Un algoritmo puede generar respuestas ambiguas o crípticas que nuestro cerebro, ávido de misterio, se encarga de completar y dotar de significado profundo.

Un manual de supervivencia para el cibernauta curioso
Ante este panorama, si decides aventurarte a probar una Ouija online, el sentido común —y la tradición— ofrecen algunas reglas de oro. Muchos sitios y aplicaciones coinciden en ellas, trasladando el protocolo de seguridad del mundo físico al digital:
- Entorno e Intención: No lo hagas por pura burla. Busca un momento de quietud, apaga las luces si lo crees necesario y plantea tu intención: invitar solo a energías positivas o buscar guía.
- Formular las preguntas: Sé claro y directo. Preguntas como “¿Hay alguien ahí?” para empezar son el estándar. Evita el sarcasmo o los desafíos.
- El cierre es sagrado: Esta es la regla más importante de todas. Nunca, bajo ningún concepto, abandones la sesión sin despedirte. Mueve el puntero digital hasta “ADIÓS” y cierra la aplicación o la página web de manera consciente. Se dice que dejar una “sesión” abierta es dejar un portal entreabierto.
- Confía en tu intuición: Si en algún momento sientes un malestar genuino, miedo intenso o simplemente una corazonada negativa, interrumpe la sesión de inmediato. Tú tienes el control final.
El silencio que queda tras cerrar la pestaña del navegador es el mismo de siempre. El mismo que ha resonado en salones oscuros durante más de un siglo. La tecnología nos ha dado una nueva llave, brillante y digital, para una puerta muy antigua. La pregunta crucial ya no es si la llave es de hierro o de luz, sino si tenemos la sabiduría para decidir si debemos o no girarla en la cerradura.
¿Puede un ritual digital abrir un portal? La respuesta, como el movimiento de la plancheta, no se desplaza hacia un “SÍ” o un “NO” inequívoco. Se desliza, lenta e inexorablemente, hacia un “DEPENDE”. Depende de la fe del que pregunta, del peso de su intención y de los misterios que, tal vez, la era digital no ha logrado explicar, sino solo replicar con un nuevo y perturbador rostro.
Si la curiosidad te llama, el umbral digital te espera en ouija.com. Pero recuerda, como dicen en los llanos venezolanos: “No es lo mismo oír el ruido del agua que conocer la profundidad del río”. Adentrarte es tu decisión. Cerrar la puerta, tu responsabilidad.


Escrito por: Eliseo Villafañe